Sunday, March 12, 2006

Mi amigo el taxista.

Era viernes y como suéle suceder hubo una reunión. Dub, Mario, Meillón y yo habíamos pedido un taxi porque (como también suele suceder) no hay quién nos lleve. Esperamos un buen rato y por fin se acerca un tsuru rojo carmín con vidrios polarizados y un tipo que abre la ventana y pregunta que si nosotros pedimos un taxi. Cuál no fué nuestra sorpresa al ver que el tipo éste, dueño del taxi, tenía MP3, DVD, y una pantalla de LCD para ver películas. Por primera vez nos subimos a un taxi fashion de primera clase. El tipo resultó ser de los taxistas más amigables que nos ha tocado en nuestra larga y experimentada vida de subirnos a los taxis, y nos alegró la noche contándonos experiencias u otras cosas. Al llegar nos cobró un poco menos porque no había presupuesto.
Al llegar a la reunión ya había mucha gente porque eran las 10 aprox. Después de estar ahí un rato jugamos futbolito. Había mucha música y la gente era amigable, pero se perdió totalmente el sentido de la reunión. No podía hablar con alguien porque la música estaba muy alta o los juegos eran una tentación muy grande. Esto se multiplica por 100 cuando se es una persona algo tímida, se pone nervioso y no puede hablar tan fácil, como yo.
Cuando terminó la reunión, Dub (con la pierna coja), Beto y yo estábamos muy cansados, y todavía teníamos que pedir un taxi de regreso. Tardamos 30 minutos, 42 taxis y un taxi arrebatado por unos esquincles ricos, para que por fin un buen samaritano que llevaba un pasajero se paro y nos subió, diciéndonos que primero dejaría a la persona y luego a nosotros porque ningún taxi vacío pasa por esos rumbos. Confiamos en su pericia del manejo a altas velocidades y aceptamos. El primer ocupante vivía en Anáhuac, y cuando lo dejó se desahogó con nosotros porque el cliente le pidió que le diera varias vueltas a la cuadra del alebrije para "tirarle a una chava", por lo que nosotros vimos la oportunidad de hacer lo mismo y le contamos que la reunión no era lo que esperábamos y no estuvo tan chida.
El taxista acabó por contarnos de su vida como jugador de billar, así como comentarios graciosos cuando contesté el celular y le dije a mi padre que nos estába llevando la mamá de Beto. Finalmente llegamos a casa de Beto y después de una pequeña reflexión acerca de ése día, nos separamos.
Moraleja: Cuando todo salga mal y no sea tu mejor día, súbete a un taxi y desahógate con él, te podría ayudar mucho.
Gracias
"El verdadero amor, el amor ideal, el amor del alma, es el que sólo desea la felicidad de la persona amada, sin exigirle a cambio la nuestra."
- Jacinto Benavente

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